Este verano nos fuimos de viaje al norte de India y a Nepal. Fueron cinco semanas intensas, recorriendo los lugares más emblemáticos para el Budismo. El grupo estaba formado por 7 personas, incluyéndome a mí, seis mujeres y un hombre, casi todos vecinos de los pueblos de la sierra norte de Madrid. En su mayoría, meditadores, profesores de yoga, meditación, primaria y secundaria.

Desde un inicio se planteó un viaje espiritual, había ganas de viajar no sólo hacia el exterior sino también hacia el interior. Con prácticas diarias de yoga y de meditación. Nuestro viaje empezó en Delhi y de allí nos fuimos moviendo por Varanasi, Sarnath, Bodhgaya, Gorakhpur, Pokhara, Katmandú, Dharamsala y Rishikesh. Cinco semanas de convivencia continua, planeando el viaje entre todos, con la libertad de movimiento que da el tener tanto tiempo y las ganas de ir conociendo el terreno. Fuimos ganando en confianza y en experiencia, en seguridad y determinación, y los siete a nuestra manera nos fuimos transformando a mejor, a medida que el escenario iba cambiando, que los días iban pasando.
Ayer me reunía con todos ellos, después de casi un mes de yo haber llegado de India. Vernos otra vez fue un subidón, reímos recordando con la distancia no solo los momentos divertidos, también los difíciles fueron recordados con alegría. El plan fue quedar antes para el aperitivo en el pueblo el Boalo y después todos juntos ir a casa de Azucena, donde llevamos cada uno algún plato que había preparado para la ocasión. Como casi siempre había comida en abundancia, como abundante era el cariño y el afecto que se sentía y se respiraba en todo momento.
Vanesa nos envió unas preguntas relacionadas con el viaje, como manera de poder darme un feedback y a modo de poner en palabras la experiencia del viaje, una vez que el tiempo ya había pasado y la rutina había hecho una vez más su presencia. Las respuestas de todo el equipo fueron maravillosas. Me quedé sorprendida y entusiasmada con lo que iba oyendo. No solo habían ganado en seguridad, y confianza en la vida, se hablaba de amor, magia y ganas de seguir viajando y emprendiendo nuevas aventuras. El cambio era visible y me hizo constatar una vez más que los viajes de este calibre no solo nos llevan a descubrir nuevos países y culturas, sino también a ir descubriendo en nosotros profundidades que no éramos capaces de imaginar, a un crecimiento que va en paralelo a los kilómetros que se van recorriendo y que el cambio es perdurable aún después de haber regresado ya hace tiempo del viaje.

Me siento enormemente agradecida, porque el cambio y la evolución no sólo es para aquellas personas que acompaño sino también en gran medida para mí misma. Así que con muchas ganas de seguir acompañando a futuros aventureros del mundo y del espíritu, a seguir trascendiendo fronteras físicas y mentales. A seguir viajando. A seguir amando en definitiva.