Llegaste con la promesa de que solo sería por un tiempo, que encontraría un hogar definitivo para ti, que aquí conmigo solo estarías de paso. No fue así. En los últimos años mi vida ha tenido un movimiento pendular entre España e India, países que amo. En uno esta mi familia y mi hogar, en el otro está mi maestra, mi otra familia y también mi hogar. Así que, en aquel momento, hace poco más de un año que llegaste, no vi nada claro quedarme contigo, hice carteles con tu foto y me decidí a encontrarte un nuevo hogar.

Pero el tiempo fue trabajando a nuestro favor, y acabamos gustándonos. Cuando me iba fuera, había un equipo maravilloso de seres, que venían a casa a velar por ti. ‘El equipo Jeyko’ le llamábamos. Entre todos ellos, se turnaban para venir a darte de comer, a jugar contigo, a abrirte la terraza para que te dieras tus baños de sol, que era lo que más te gustaba, a hacerte mimos, y a dormir contigo. Muchas gracias de corazón. Jeyko se fue ganando el cariño de todos ellos, parecía que sabía que, al estar en una casa ajena, y que la idea de irse pendía de un hilo imaginario, se comportaba mejor que ningún gato, incluso que muchas personas. Con deciros que no soltaba pelos siquiera. Eras perfecto. ¿Qué gato no es perfecto para sus compañeros humanos? Jeyko lo era para mí.
Y cuando mi madre estaba por casa, ella cuidaba de él, la ‘abuelita’ y Jeyko eran inseparables, dormían siempre juntos, y se levantaban juntos también. Él solía comer la mantequilla que le daba mi madre cuando desayunaba y esperaba en la encimera de la cocina que le diese su plato con un poco de leche. Jeyko era fan de eso, y del chocolate, las magdalenas y las patatas fritas de bolsa. Parece que sabía que le quedaba poco tiempo de vida y no pensaba vivir con remilgos, no se privaba de nada que le gustase. Él había hecho suya la frase que tanto repite mi madre ‘a vivir que son dos días’.


Esta segunda vez que volví de India y Nepal, caímos enfermas mi madre y yo, un catarro largo en el tiempo nos pilló a ambas. Jeyko se pasaba todo el día durmiendo con nosotras, no vimos nada anormal en ello, pero cuando ya nos recuperamos, él seguía durmiendo muchísimo y empezó a comer cada vez menos. Agua seguía bebiendo mucha, pero siempre lo había hecho desde que llegó, y esa fue una señal que no supimos ver desde un principio. Cuando ni su lata de comida húmeda favorita se la acababa, y empezó a fallarle las piernas al subir a la encimera, nos dimos cuenta que algo no iba bien con Jeyko. Ese mismo día lo llevamos al veterinario, le hicieron una analítica y para horror nuestro descubrimos, que los valores de sus riñones, presentaban un cuadro difícil, requerían hospitalización y sueroterapia. Lo llevamos a otro centro veterinario, porque donde le hicimos la analítica no era hospital, encontramos uno en el pueblo de al lado, y allí se quedó Jeyko un fin de semana. Nosotras fuimos a verlo por las mañanas, no nos dejaban más que media hora al día. Los resultados de la segunda analítica después del tratamiento no fueron nada alentadores, Jeyko de haber sido humano, estaría en diálisis y a la espera de trasplante de riñón. Así de mal pintaba la cosa, pero algo tenía claro el veterinario, Jeyko tenía ganas de seguir viviendo, o eso parecía.
Nos lo llevamos a casa, y desde el primer día monté su arenero, su comida y su bebedero en el salón, allí es donde dormiría con él las siguientes noches que aún le quedaban. Salvo la última que él cambió de escenario buscando un lugar más íntimo donde entregarse a ese momento único y sagrado que todos hemos de vivir en un momento dado, la muerte.


Lo que no queríamos ninguna de las dos, mi madre y yo, era tener que llevarlo al veterinario a que lo durmiesen, pero también teníamos claro que no queríamos que sufriese. Pero al ver que no se recuperaba, cada día empeoraba, saqué cita una semana después para ese martes por la tarde, llevar a Jeyko y ayudarle a marcharse. A la par de esto mi hermana me sugirió hablar con una amiga, que es psíquica y que es capaz de comunicarse con diferentes entidades, quizás podía hablar con Jeyko, saber realmente que es lo que él quería. Ya habíamos contactado con ella veces anteriores, y siempre había sido de gran ayuda. Por ella supimos que él quería quedarse en casa y morir allí, que solo la idea de ir al veterinario le ponía los pelos de punta y que le quedaba poco tiempo para marcharse. Así que llamé al veterinario y cancelé la cita con ellos. Las directrices de esta mujer fueron claras: que se vaya rodeado de amor, que hagamos turnos para que no esté solo, que sienta en todo momento nuestro amor, que si es posible nos lo pongamos encima del corazón. Y las dos así lo hicimos. Jeyko ese mismo día por la mañana, se levantó a duras penas del sofá donde estaba, se acercó a mirar por la terraza como despidiéndose (o así lo quiero creer) de esa visión que tanto amó, el sol calentando ese pequeño espacio, donde los pájaros cantaban felices de volar y de vivir, y se fue a mi habitación. Nunca quiso estar allí, siempre prefirió cualquier otro lugar de la casa, menos ese, y curiosamente fue el elegido por él para entrar allí y ya no salir más.
Mi hermana y yo nos turnamos, toda la tarde, toda la noche y parte de la mañana. Podíamos ver como el pequeño Jeyko se iba apagando, como su respiración se hacía cada vez más lenta, no había fuerzas en su delgado cuerpo, pero lo que si había en esa habitación era muchísimo amor. Entrar allí era como entrar en otra dimensión, ambas lo vivimos de esta manera. Nunca pensé que se podía acompañar a un ser en ese momento de esa manera tan única, tan bonita, tan sagrada. Este fue el regalo de Jeyko, nos permitió ver a la muerte como algo bello, como una oportunidad de amor infinito, un momento de comunión auténtica. Mi madre se marchó al día siguiente, miércoles, por la mañana y a la hora de ella irse, las dos fuimos testigos en el momento en que su cuerpo dejaba de respirar, ay pequeño…. Lloramos, abrimos la ventana para dejar su espíritu marchar y sentimos que algo trascendente había tenido allí lugar y nosotras habíamos participado de ello.

Te fuiste un 8 de mayo y me regalaste al final de tus días una de las lecciones más profundas que aún estoy integrando.
‘Para perderle el miedo a morir hay que perderle el miedo a vivir’.
Me has abierto a una dimensión no contemplada por mí, he podido vislumbrar un nuevo giro en mi caminar que me gusta, he podido experimentar la muerte como algo bello, a lo que hay que perderle el miedo, a entregarse a ella como una experiencia más que hay que vivir. Y que la Vida siempre continúa . Y que el Amor una vez más, es el camino y la meta de nuestras vidas.
Hasta que nos volvamos a ver compañero.
Hasta pronto y hasta siempre.

























