Jeyko, crónica de un amor anunciado

Llegaste con la promesa de que solo sería por un tiempo, que encontraría un hogar definitivo para ti, que aquí conmigo solo estarías de paso. No fue así. En los últimos años mi vida ha tenido un movimiento pendular entre España e India, países que amo. En uno esta mi familia y mi hogar, en el otro está mi maestra, mi otra familia y también mi hogar. Así que, en aquel momento, hace poco más de un año que llegaste, no vi nada claro quedarme contigo, hice carteles con tu foto y me decidí a encontrarte un nuevo hogar.

Pero el tiempo fue trabajando a nuestro favor, y acabamos gustándonos. Cuando me iba fuera, había un equipo maravilloso de seres, que venían a casa a velar por ti. ‘El equipo Jeyko’ le llamábamos. Entre todos ellos, se turnaban para venir a darte de comer, a jugar contigo, a abrirte la terraza para que te dieras tus baños de sol, que era lo que más te gustaba, a hacerte mimos, y a dormir contigo. Muchas gracias de corazón. Jeyko se fue ganando el cariño de todos ellos, parecía que sabía que, al estar en una casa ajena, y que la idea de irse pendía de un hilo imaginario, se comportaba mejor que ningún gato, incluso que muchas personas. Con deciros que no soltaba pelos siquiera. Eras perfecto. ¿Qué gato no es perfecto para sus compañeros humanos? Jeyko lo era para mí.

Y cuando mi madre estaba por casa, ella cuidaba de él, la ‘abuelita’ y Jeyko eran inseparables, dormían siempre juntos, y se levantaban juntos también. Él solía comer la mantequilla que le daba mi madre cuando desayunaba y esperaba en la encimera de la cocina que le diese su plato con un poco de leche. Jeyko era fan de eso, y del chocolate, las magdalenas y las patatas fritas de bolsa. Parece que sabía que le quedaba poco tiempo de vida y no pensaba vivir con remilgos, no se privaba de nada que le gustase. Él había hecho suya la frase que tanto repite mi madre ‘a vivir que son dos días’.

Esta segunda vez que volví de India y Nepal, caímos enfermas mi madre y yo, un catarro largo en el tiempo nos pilló a ambas. Jeyko se pasaba todo el día durmiendo con nosotras, no vimos nada anormal en ello, pero cuando ya nos recuperamos, él seguía durmiendo muchísimo y empezó a comer cada vez menos. Agua seguía bebiendo mucha, pero siempre lo había hecho desde que llegó, y esa fue una señal que no supimos ver desde un principio. Cuando ni su lata de comida húmeda favorita se la acababa, y empezó a fallarle las piernas al subir a la encimera, nos dimos cuenta que algo no iba bien con Jeyko. Ese mismo día lo llevamos al veterinario, le hicieron una analítica y para horror nuestro descubrimos, que los valores de sus riñones, presentaban un cuadro difícil, requerían hospitalización y sueroterapia. Lo llevamos a otro centro veterinario, porque donde le hicimos la analítica no era hospital, encontramos uno en el pueblo de al lado, y allí se quedó Jeyko un fin de semana. Nosotras fuimos a verlo por las mañanas, no nos dejaban más que media hora al día. Los resultados de la segunda analítica después del tratamiento no fueron nada alentadores, Jeyko de haber sido humano, estaría en diálisis y a la espera de trasplante de riñón. Así de mal pintaba la cosa, pero algo tenía claro el veterinario, Jeyko tenía ganas de seguir viviendo, o eso parecía.

Nos lo llevamos a casa, y desde el primer día monté su arenero, su comida y su bebedero en el salón, allí es donde dormiría con él las siguientes noches que aún le quedaban. Salvo la última que él cambió de escenario buscando un lugar más íntimo donde entregarse a ese momento único y sagrado que todos hemos de vivir en un momento dado, la muerte.

Lo que no queríamos ninguna de las dos, mi madre y yo, era tener que llevarlo al veterinario a que lo durmiesen, pero también teníamos claro que no queríamos que sufriese. Pero al ver que no se recuperaba, cada día empeoraba, saqué cita una semana después para ese martes por la tarde, llevar a Jeyko y ayudarle a marcharse. A la par de esto mi hermana me sugirió hablar con una amiga, que es psíquica y que es capaz de comunicarse con diferentes entidades, quizás podía hablar con Jeyko, saber realmente que es lo que él quería. Ya habíamos contactado con ella veces anteriores, y siempre había sido de gran ayuda. Por ella supimos que él quería quedarse en casa y morir allí, que solo la idea de ir al veterinario le ponía los pelos de punta y que le quedaba poco tiempo para marcharse. Así que llamé al veterinario y cancelé la cita con ellos. Las directrices de esta mujer fueron claras: que se vaya rodeado de amor, que hagamos turnos para que no esté solo, que sienta en todo momento nuestro amor, que si es posible nos lo pongamos encima del corazón. Y las dos así lo hicimos. Jeyko ese mismo día por la mañana, se levantó a duras penas del sofá donde estaba, se acercó a mirar por la terraza como despidiéndose (o así lo quiero creer) de esa visión que tanto amó, el sol calentando ese pequeño espacio, donde los pájaros cantaban felices de volar y de vivir, y se fue a mi habitación. Nunca quiso estar allí, siempre prefirió cualquier otro lugar de la casa, menos ese, y curiosamente fue el elegido por él para entrar allí y ya no salir más.

Mi hermana y yo nos turnamos, toda la tarde, toda la noche y parte de la mañana. Podíamos ver como el pequeño Jeyko se iba apagando, como su respiración se hacía cada vez más lenta, no había fuerzas en su delgado cuerpo, pero lo que si había en esa habitación era muchísimo amor. Entrar allí era como entrar en otra dimensión, ambas lo vivimos de esta manera. Nunca pensé que se podía acompañar a un ser en ese momento de esa manera tan única, tan bonita, tan sagrada. Este fue el regalo de Jeyko, nos permitió ver a la muerte como algo bello, como una oportunidad de amor infinito, un momento de comunión auténtica. Mi madre se marchó al día siguiente, miércoles, por la mañana y a la hora de ella irse, las dos fuimos testigos en el momento en que su cuerpo dejaba de respirar, ay pequeño…. Lloramos, abrimos la ventana para dejar su espíritu marchar y sentimos que algo trascendente había tenido allí lugar y nosotras habíamos participado de ello.

Te fuiste un 8 de mayo y me regalaste al final de tus días una de las lecciones más profundas que aún estoy integrando.

‘Para perderle el miedo a morir hay que perderle el miedo a vivir’.

Me has abierto a una dimensión no contemplada por mí, he podido vislumbrar un nuevo giro en mi caminar que me gusta, he podido experimentar la muerte como algo bello, a lo que hay que perderle el miedo, a entregarse a ella como una experiencia más que hay que vivir. Y que la Vida siempre continúa . Y que el Amor una vez más, es el camino y la meta de nuestras vidas.

Hasta que nos volvamos a ver compañero.

Hasta pronto y hasta siempre.

Nepal

Tras un vuelo con una espera de diez horas en Doha, y el agotamiento que eso y las horas de vuelo llevan en sí, llegaba contenta de ver a la familia, a ese pequeño círculo de almas que me acompañan en el viaje de vida. Así terminaba la experiencia de Nepal y al poco empezaba otro viaje, el de la enfermedad, que me ha tenido poco más de diez días, ocupada y relajada. ¿Cómo así? La enfermedad requiere de nuestro voluntad de ponernos bien, es un complejo dónde cada pieza va aportando para nuestra recuperación: la alimentación, el descanso, las horas de sueño, los medicamentos naturales y alopáticos. Es aprovechar el tiempo, por lo menos así lo veo, para poder reflexionar y sacar cosas en claro. Y descansar. Pero bueno este post iba de Nepal no de la enfermedad…

Después de haber estado casi dos meses en Amritapuri, en el ashram de mi maestra Amma. Llegué a Katmandú con la ilusión de hacer un retiro en el monasterio de Kopan. Kopan y el lama que lo fundó, Lama Zopa, tienen un significado muy especial para mí. El protagonista de mi novela ‘y el Amor era el Camino’ tenía por maestro al Lama Zopa. Tuve la suerte de conocerlo gracias a una amiga con la que hice un viaje por India hace unos años, y que es practicante budista, leer sobre este lama, la increíble labor que hace por la liberación de tantos miles de animales, la encomiable labor de preservar el budismo mahayana y hacerlo cercano a nuestras mentes occidentales, me atrajo muchísimo y tuve ganas de conocerlo en persona. Salvo que Lama Zopa, dejó su cuerpo físico el año pasado, pero no su espíritu que aún sigue y muy presente en Kopan y en el corazón de todos aquellos que tienen presente su memoria.

Kopan esta apartado de Katmandú, y cercano a la vez, en coche son 5 minutos pero al estar en lo alto, se evita el ruido, la polución, se respira algo mejor, y se siente un silencio durante el día y toda la noche. El retiro fue todo un acierto, hablamos sobre la Compasión, y como desarrollarla. Curiosamente mientras más pasaban los días, más iba yo sintiendo la presencia de mi maestra muy cercana. Era como si el culmen de la compasión explicado en las charlas, se correspondía con la manera que tiene Amma de conducirse en esta encarnación. Una maravilla. Conocer a la gente que compartimos tiempo, espacio, silencio, comidas, meditaciones y charlas fue otro acierto, no deja de sorprenderme, las vidas tan maravillosas de los diferentes seres que me voy encontrando por el camino, cada vida es una manifestación única de aquella Unidad que somos. Un milagro.

Retiro ‘Desarrollar el Corazón Compasivo

Después del retiro me fui de Kopan y estuve alojada en la zona de Boudanath, muy cerca de la Estupa de Boudha. Este lugar es un oasis dentro de Katmandú. Katmandú esta considerada la tercera ciudad más contaminada del planeta, y claro después de haber estado en los ambiente puros de Amritapuri y Kopan, no iba a dejarme ‘contaminar’ por el caos de Katmandú, así que opté por Boudha. Ya lo conocía del viaje del año pasado, en esta zona nos alojamos, y me la conocía bastante bien. Tenía que esperar al grupo que  venía de España a recorrer durante 12 días, lo que pudiésemos de la geografía de este bello país. 

Antes de que llegasen, estuve asistiendo a las charlas de un Rimpoche, que nos habló de una manera muy cercana sobre la vacuidad, y me fui de excursión a Namo Buddha, un remanso a 2 horas de coche de Katmandú, muy en lo alto de una colina. Es un monasterio fundado por Thrangu Rimpoche, y un lugar de una energía especial, donde meditar y tocar el silencio interior se hacía muy fácil. Durante este tiempo antes de que el grupo llegase, estuve acompañada de algunas amigas que conocí en el retiro, la vida nos volvió a juntar, y quedamos para comer, cenar o hacer alguna excursión. Rani, la mujer india, que me dio su teléfono para que la próxima vez que pase por Delhi no olvidé quedar con ella. Natalie esa mujer israelí que tenía un proyecto de entrevistar a mujeres, de diferentes edades y procedencias, con el fin de conocer sus sabias respuestas, Funda y Filipa, la primera turca y la segunda portuguesa, a ambas las conocí en Kopan el mismo día que llegué y la vida nos volvió a juntar en Boudha, con ellas compartí más de una risa y más de una kora (vuelta alrededor de la estupa, o sitios sagrados) alrededor de la Estupa de Boudha.

La Estupa de Boudha, es para mi el lugar más mágico de Nepal, no me lo conozco todo, posiblemente haya lugares más mágicos o más especiales, quizás la visión cercana del Everest te deje sin aliento, cada uno tendrá el suyo. Para mí es Boudha Stupa, todos los días y más de una vez solía acercarme, me alojaba bastante cerca, así que mis pasos siempre me llevaban allí, me perdía en la visión de su enormidad y de las decenas de personas que van andando alrededor de ella. Alrededor de la estupa se han levantado infinidad de cafés, restaurantes, y tiendas, es una mescolanza de vida, que la hace única.

La Estupa de Boudha

El día antes de que llegase el grupo de España, después de cenar, al poco de pagar y al bajar los escalones (unos 4) me tropecé, y para evitar una caída más fuerte de la que fue, apoyé la rodilla derecha, y el hombro izquierdo, acabando boca arriba. Lo curioso es que no opuse resistencia en el momento de caerme, me levanté y me quedé sintiendo el dolor, como aprendí del Dr. Hawkins, y una vez que sentí el dolor con toda su intensidad, lo invité a irse. Creo que esta manera de acoger los golpes, me sirvió y me ha servido en otras ocasiones a minimizar las consecuencias. No puedo negar que me sentí preocupada porque al día siguiente venía el grupo, y dentro de las actividades estaban hacer yoga por las mañanas, hacer rutas, andar (muchos sitios especiales están en lo alto de muchas escaleras). La rodilla dolía al doblarse, me parece que iba a tener que sacrificar el yoga (aún no he podido hacerlo, porque una vez aquí con el dolor de cabeza me ha sido imposible, aunque hoy que me encuentro ya bastante mejor, voy viendo que quizás en un día o dos pueda ponerme a ello otra vez, el cuerpo lo echa mucho de menos) y gracias a que este grupo, que en realidad es una familia completa de cinco, y son bastante compasivos, entendieron desde el principio mis limitaciones. 

Los días se fueron sucediendo, y se fueron llenando de actividades, donde intentaba participar en casi todas las que mis posibilidades me lo permitían, en otras, eran ellos que iban por libre. No sabéis cuanto se lo agradezco, me permitieron sentirme menos apenada por mí misma. Es curioso ver las diferentes energías de los grupos, como van variando, influye todo, no solo las edades, sino también las propias naturalezas únicas de cada uno de los miembros, que al unirse conforman una energía de grupo diferente y única a la vez. Con la familia Göebel, fue muy fácil, ellos estaban encantados con todo, tenían muchas ganas de descubrir Nepal y de aprovechar su tiempo al máximo. Es cierto que algunos se pusieron enfermos, con catarros, diarrea y posibles insolaciones, pero sorprendentemente nada de esto mermo sus ganas de aventura. Son admirables, no solo por esto, en el tiempo que convivimos, se fueron mostrando abiertamente, fueron compartiéndose sin reparos, pudiendo entrever sus vidas de familia, y confirmar que en el núcleo de una familia sana, tiene que haber unos padres que han educado así, sanamente y sabiamente, con cariño, amor y humor.

Me he reído muchísimo oyendo a los hijos hablar sobre sus vidas en la universidad o en el instituto. Con esa energía única de la juventud, aportaban frescura a las comidas y hacían de mis viajes en taxi con ellos detrás, una alegría continua. Echo de menos, esas charlas en alemán, inglés y castellano, perfectos y entremezclados a lo largo de sus infinitas conversaciones. Como muestra, comentar, que al día siguiente de ellos llegar, fuimos a una charla de el monje Kalden, este monje de Brasil fue el que nos enseñó las meditaciones en el retiro, la charla nos encantó y Kalden así como la gente que asistió estaban encantados con la familia Göebel, las preguntas que hicieron los hijos se sintieron auténticas, frescas por su corta edad pero con esa sabiduría única que late en todos nosotros, sólo que ellos no tenían pudor en mostrarla. A lo largo del viaje recordarían este encuentro, y las enseñanzas que Kalden compartió aquel día con nosotros, salieron a relucir en más de una charla durante las comidas.

Encuentro con Kalden

A mi en particular me traía recuerdos de mi propia vida familiar. He crecido en una familia, donde somos una piña, un pequeño clan, que quizás al tener que emigrar lejos de nuestro país de origen, creció muy unido. Oír a los hijos reírse, de sus charlas infinitas, me traía ecos de mis propias risas y charlas con mis hermanas. Recuerdos, de nuestras comidas y eternas sobremesas, de los viajes que hicimos juntos, y de lo bien que nos lo pasamos como familia. Por supuesto que no todo es color de rosa, pero aquellas aristas existenciales de la mesa familiar se han ido limando con el tiempo, con el amor y con la enseñanza de que más allá de nuestros roles como padres e hijos, somos seres encarnados, con la misma misión: ser felices, amar, ser amados y aprender.

Gracias familia Göebel, por dejarme guiaros, aunque no os hacia falta guía ninguna, y a sentirme una más de vuestra bella familia. 

Pero todo acaba porque empieza, y el día llegó en que nos separamos. Después de un viaje intenso, de muchas horas, por las carreteras horribles de un país que es hermoso en casi su totalidad, nos dijimos adiós. El día anterior tuvimos tiempo de recordar con alegría lo que se había hecho durante el viaje, gracias Marisa, y cenar todos juntos. La mañana de nuestra marcha de Bandipur, el hermoso pueblo a medio camino entre Pokhara y Katmandú, nos despertó con dos del grupo que estaban mal de la tripa. Así que el viaje prometía ser intenso. Pero gracias a que los Budas nos protegían no fue tan terrible como pensamos. Al llegar a Katmandú, ellos continuaron viaje porque habían decidido quedarse más días, y yo acabada mi labor de guía me quedé un par de días más en la zona de Boudha. Disfrutado una vez más de mi soledad y de la energía de ese lugar. Aproveché en ir a Kopan, a despedirme del lama Zopa, de ese mágico lugar y a comprar regalitos para traer a casa. Al día siguiente marchaba a España, dudé si continuar de nuevo a Amritapuri, pero honestamente el calor intenso que ya se vivía en Kerala, me hizo desistir, así como las pocas ganas de hacer y deshacer maletas una vez más.

Y con la gracia de Amma, y de los magníficos seres que fueron poblando mis días vividos por estas tierras, marché, y como dije al principio, la enfermedad me esperaba junto a mi familia para darme su especial bienvenida. Gracias a ella, he sacado unas cuantas cosas en claro, y que ya las tenía presentes, pero se han hecho más presentes aún si cabe: llevar una vida sencilla, ser feliz, y servir a los demás. Y reírme, no hay mejor medicina que la risa. 

Gracias a los que os habéis tomado el tiempo de leerme, que seáis felices, que riais mucho, y que améis mucho mas. Nos vemos por aquí….. viajando al corazón.

Vida de ashram (II) y más…

Hoy marcho de Amritapuri, este espacio luminoso que considero mi hogar. Aqui viven mis hermanos y hermanas, con los que me reencuentro cada cierto tiempo, a algunxs posiblemente no los vuelva a ver más, a otrxs los veo cada vez que vengo y el cariño sigue siendo el mismo o más profundo quizás.
En este hogar vive mi maestra, mi Madre, tengo la enorme suerte de tener dos madres, la biológica, que amo enormemente y la espiritual, que me ha guiado y acompañado a lo largo de mis innumerables encarnaciones, con el firme propósito de que despierte completamente del sueño de la ignorancia y me viva desde el conocimiento de la Unidad. A Ella también la amo enormemente.

La vida en el ashram, no es una vida sencilla, es sencilla por sus rutinas, y horarios que todos debemos cumplir, no están impuestos sino sugeridos. Y es difícil porque es un espacio dónde venimos a trabajar con toda esa sombra, que también nos conforma y poder iluminarla, sanarla, trascenderla. La suerte de tener a un ser como Amma cerca, es que esa transmutación es menos dolorosa. Aunque es inevitable padecer durante el proceso de cierta incomodidad, de escozor. Cada uno de los que aquí vivimos como de todos los seres del universo tenemos áreas en las que trabajar, a algunos determinadas áreas nos son más fáciles, no nos crean conflicto pero todos sabemos esos botones que nos hacen saltar cuando nos los aprietan.
Y no solo es Amma la que trabaja contigo sino que la convivencia de los que aquí vivimos va sanando y limando las aristas emocionales, y evolutivas que traemos de serie para dejar una suavidad que nos permite fluir mejor por la impetuosa corriente de la vida.

Hace diez días que llegué de un viaje corto por el sur de India, tenía la intención de recorrer otros lugares nuevos para posibles viajes, pero al llegar a Tiruvannamalai, la energía de ese lugar, especialmente el poder de la montaña, me atrapó. Me quedé allí solo 6 días, los 3 últimos con molestias en el estómago, que estaba convencida eran por la energía tan fuerte que hay en este lugar y que mi cuerpo casi siempre que esta allí, suele adolecer.

Montaña Arunachala, Tiruvannamalai

Este es otro lugar de India poderoso, sugerente y atractivo para los que buscamos respuestas profundas de la Vida. Aquí vivió el santo y sabio Ramana Maharshi, su ashram aún tiene esa paz casi palpable de su Presencia, a pesar de haber dejado el cuerpo hace muchos años. Es un lugar acogedor dentro del caos de las calles indias, un oasis en medio del apasionamiento indio.
Pero a mí casi siempre me afecta de una manera física, esta vez dolores de estómago y ojos que me lloraban toda la noche, sin motivo ninguno…. En fin, nada nuevo, curiosamente fue decidirme a venir a Amritapuri de regreso, y las molestias desaparecieron. Ni el viaje de regreso en tren indio, pudo conmigo, a pesar de estar temerosa, pensando que al encontrarme algo débil por las molestias pasadas iba a afectarme aún más, todo lo contrario, al llegar aquí a Amritapuri (el ashram de Amma) me sentí llena de energía y acogida por la presencia poderosa de Amma, que es considerada la encarnación de la. Madre Divina.

Shiva

Ayer fue noche de Shivaratri, lo viví el día de ayer como una despedida porque hoy marcho a Nepal. El día de ayer desde por la mañana estuvo cargado de enseñanza, la energía de fuego de Shiva, es imposible no sentirla, me regaló rabia y llanto por la mañana, pero entendimiento y liberación también. Esa mañana me dejó preparada para recibir el resto del día con otro espíritu, abierta y en paz con lo que fuera ofreciendo la vida. Tuve darshan, el último abrazo con Amma, disfrute de los bhajans (cantos devocionales), de buenas charlas y abrazos con los hermanos y hermanas. De regalo final: Amma, bailo para nosotros al final de la noche. No soy capaz de explicar lo que significa para mi verla bailar, es una mezcla de admiración, porque lleva horas sentada, adolorida (tiene 70 años), dando abrazos, cantando, hablando; respeto, porque es mi maestra; devoción, ese término que en occidente nos cuesta entender.

Amma bailando

Algo en mi quiere atesorar ese momento, como un tesoro precioso, un sentimiento de agradecimiento nace en mi con fuerza y el amor se hace como siempre muy presente. Lo llena todo, quizás ese es el regalo continuo de Amma, quizás ese es su mensaje sencillo y compartido por otro seres despiertos de otras épocas, amarnos los unos a lo otros, y amarnos a nosotros mismos.

En unas horas marcho a Nepal, la aventura continua, voy a hacer un retiro en un monasterio budista, perderme por Katmandú y esperar al grupo de españoles para recorrer esa geografía sagrada que es Nepal.


De momento sigo aquí en mi habitación del ashram, con el ventilador puesto porque el verano ya deja notar su presencia, pero hoy hay un calor diferente, uno que nace del corazón, un calor que no abruma sino que suaviza, endulza y calma, un calor que se siente como una vibracion de amor, que no solo llena de su energía este cuerpo también permite sentirlo en todo aquello que lo rodea.

Que tengáis un buen día, y que ese calor llene vuestras vidas.
Om Namah Shivaya

Vida de ashram

Para los que no sepáis, un ashram, es un espacio dónde se realizan prácticas espirituales, se vive en comunidad, se respetan ciertas normas, horarios, y han sido creados por un maestro vivo o que ya no está en su cuerpo físico. Si este es el caso se siguen manteniendo ciertas actividades aunque cuando el maestro o maestra está en vida, la vida en el ashram es muy activa e intensa.

Vista aérea de Amritapuri (ashram de Amma)


Definir como se vive aquí, o generalizar una definición, es ir demasiado lejos, porque cada experiencia es subjetiva y depende mucho del tiempo que llevas aquí, de tu nivel de entrega, de tu capacidad de adaptación y de varios factores, que hay que tener en cuenta y que en mayor o menor medida te pueden hacer la estancia agradable o no.


Casi la mayoría de los que venimos, solemos comentar casi por unanimidad que la primera vez que damos con nuestro cuerpo aquí junto con nuestra carga emocional y mental, vivimos una experiencia bastante dichosa, se dice que Amma, en mi caso estoy en su ashram, cuida de ti, porque acabas de llegar. Pero también solemos convenir que si hay más veces, estas irán cambiando y este espacio sagrado, puede parecer un cielo o un infierno, o ambos a la vez, casi igual que nuestra vida en el mundo de ahí fuera.


Así que voy a hablar de mi experiencia. Llevo viniendo aquí varias veces, y el tiempo siempre ha sido largo, no menos de un mes completo así que he tenido tiempo de empaparme de esta vida, que es harto diferente a la que estamos acostumbrados pero que no puede ser idealizada. Lo que si puedo deciros es que la enseñanza es mucho más rápida e intensa, porque para eso vengo o venimos la mayoría, para evolucionar y crecer en nuestro camino.


Aquello que aprendí desde la primera vez, es a no juzgar o intentar no hacerlo. Atrás quedó esa primera vez que vinimos mi hermana y yo, y juzgábamos todo. Lo mínimo que pensamos era que habíamos caído en una secta, pero fue gracias a la Gracia divina o la de Amma, que decidimos dejar de hacerlo a la misma vez y sin decirnos nada. En aquel momento empezamos de verdad a disfrutar y a dejar que el corazón se abriera. Porque de eso se trata de acercarse a este lugar con el corazón y la mente abiertos, mucho.

Mi hermana Sally y yo, cuando nos íbamos de Amritapuri, diciembre 2010


No hacerlo te puede llevar a perderte en tus propios miedos, en tu propio mundo personal, sin romper con las limitaciones impuestas por un mundo que nos va quitando el derecho de libertad, paz y felicidad, inherente en todo ser vivo.


Pero ¿cómo es mi día a día aquí? Por las mañanas me levanto temprano para hacer mis prácticas espirituales, en mi caso recitación de los 108 nombres sagrados, en sánscrito, meditación y yoga. Aunque esto último lo tengo que hacer al mediodía porque comparto habitación, y mi compañera de piso, se levanta más tarde y no es plan de despertarla. Después viene, para aquellos que me conocen, la mejor parte del día, sí soy humana, que le vamos a hacer, el desayuno. Y aquí en particular en el ashram de Amma se cuida todo al detalle, todas las opciones e intolerancias alimenticias están cubiertas y las comidas son un regalo para el gusto, además que son bastante baratas o por lo menos para nuestros bolsillos occidentales. Para que os hagáis una idea, el desayuno, me cuesta poco más de 1 euro, al día me gastaré en comer, tres comidas al día, menos de 3 o 4 euros, sin contar que hay menús gratis de comida india, y una cantina india también, donde puedes cenar una dosa (plato típico del sur de India) por unos 50 céntimos.
Bueno continuemos con el día, luego tenemos esa parte de la vida en ashram que la hace peculiar, es el seva, o trabajo desinteresado. Este ashram, como casi todos funcionan de manera voluntaria, así que se te pide, nunca se obliga a que des dos horas de tu día al seva. En mi caso es sirviendo las cenas y haciendo traducciones. Siempre puedes hacer más horas y hay sevas para todos los tipos de energías y disposiciones. Que nada te limite.


Pero ¿cuál es el fin del servicio voluntario? Dentro de la filosofía hindú, existe un término que ya se ha hecho universal y es karma. Esa ley de causa y efecto que pone en orden y en equilibrio todas nuestras acciones físicas, mentales y emocionales. Como también se cree en las reencarnaciones, llevamos unas miles o millones de vidas a nuestras espaldas, lo que hace que ese residuo de karma vaya aumentando cada vez que encarnamos, por eso el trabajo desinteresado, o voluntario, tiene la facultad de limpiar ese karma residual, a la vez que va trabajando a un nivel mental, que quizás no somos conscientes. Dentro del hinduismo, la mente tiene un papel muy importante, si la mente está alterada o llena de pensamientos no nos será posible ver con claridad nuestra realidad, nos mantendrá en el sueño de la ignorancia, así que una mente tranquila, serena, permite una mayor comprensión de aquello que se llama en el vedanta, tu auténtica naturaleza. Y el seva o karma yoga, yoga de la acción, te permite serenar esa mente y hacerla más disponible para la meditación o para realizaciones más profundas, quizás tocar ese estado de dicha, paz y libertad, inherente en todos pero que hemos logrado velar por nuestras ideas, creencias, miedos y demás programas propios o impuestos.
Así que parte del día se va en el seva, otra parte en comer, otra en las prácticas espirituales. Dentro de estas últimas, aquí en particular tenemos 3 o 4 horas de programa todos los días, que incluyen meditación, satsang (charla espiritual) y bhajans (cantos devocionales). Sinceramente a mi me resulta bastante largo, desde la pandemia se ha impuesto este horario, antes eran 3 o 4 días de programa a la semana y más corto, pero las cosas aquí en el ashram están continuamente cambiando, así que ahora o desde hace unos 3 para 4 años, son asi. De momento.
Luego de los bhajans, vienen los abrazos. Hablamos ya de las 8 y media, casi 9 de la noche, la mayoría se va a cenar y otros tantos a ser abrazados por Amma. Haré otro post explicando esto del abrazo.


Los abrazos pueden alargarse hasta las 2 o 3 de la mañana, luego a la cama y mañana a volver a empezar.
Puede parecer una vida rutinaria, pero no es así. Esta llena de momentos muy especiales que oscilan desde lo más trascendental, hasta lo más ordinario. Desde lo sublime a lo miserable. Lo que voy constatando y con cierto asombro, es que no por mucho tiempo que pases cerca de un maestro realizado, vas a ser un santo o santa, para nada. La santidad ha de ser ganada de otra manera, con más conciencia, respeto, cariño y humildad. O yo lo creo así.
En fin, que este sitio no es perfecto y se pasa por momentos difíciles. Yo sin ir más lejos he estado mala estos días pasados y aún hoy sigo algo floja. Quizás un virus o quizás algo que sanar a otro nivel, no lo sé. Esto te hace sentirte más vulnerable y echar de menos a tu gente. Aunque aquí hay una red maravillosa de seres, que te nutre y te apoya, la familia de Amma la llamo yo.


En general estoy bastante contenta, me he hecho a la vida de ashram bastante rápido, pero veo con total desapego una vez más, que no podría vivir aquí de continuo. Es curioso, que durante muchos años deseé con locura vivir aquí, y nunca pude por temas varios que son largo de contar y desde la vez pasada, que dispongo del tiempo y dinero para hacerlo, he visto que no quiero hacerlo. Voy madurando y comprendiendo mi naturaleza, aquella que por motivaciones y deseos ajenos, desconocía y que a día de hoy voy descubriendo. Voy encontrando satisfacción en el mundo ahí fuera, no hay más contradicciones en donde debo estar o ir, algo se va relajando en mi. Voy encontrando más paz en mi propio camino. Y si antes pensaba que el mundo era hostil y que la vida de ashram era la mejor, ahora voy haciendo mi vida de ashram donde quiera que vaya, y voy encontrando el mundo no ya hostil, sino con las mismas posibilidades de amor, respeto y cooperación que encuentro aquí.


Sí siento que pasar una temporada por corta que sea en un lugar como este, puede ayudarte mucho en tu camino espiritual, te puede abrir a una dimensión diferente de vida que no habías contemplado y te puede llevar a sumergirte en una profundidad tuya, que hasta ese momento quizás desconocías. Así que si tienes la oportunidad de hacerlo, no te lo pienses dos veces y vente para acá. Te sorprenderá, cuanto menos, para bien, siempre.

La Mesías

Este verano he estado en el ashram de mi maestra, Amma, y casualidades de la vida, estaban grabando escenas del último capítulo de la serie, La Mesías. Por una más de esas ‘causalidades’ uno de los Javis (los directores) me preguntó si quería aparecer en una de las escenas. La escena fueron unos minutos hablando y riéndome con el prota, indicaciones del director. Los minutos se tradujeron en 2 segundos en la serie, fue muy divertido. Pero allí quedó todo el asunto hasta que meses más tarde y gracias a gente dispar que no tenía relación ninguna las unas con las otras, me llegó el vídeo, donde pude verme en la pantalla del móvil. Eso picó mi curiosidad y nos lanzamos mi madre y yo, gracias a una publicidad que nos ha permitido disfrutar de movistar plus gratis por una semana, a visionar esta serie. ¡¡Y qué serie!!

Ha sido un viaje interno día tras día, capítulo tras capítulo a reflexionar sobre mi propia relación con mi madre, mi niñez, la humanidad, y todo aquello que va conformando y nos va condicionando desde nuestra infancia hasta que somos adultos. Hay escenas muy duras, que nos gritan a meditar sobre la sordidez de la vida y las heridas que vamos arrastrando. No suelo ver series, si he de ser honesta, mis horas las llenó de otras cosas, medio en broma medio en serio, digo que ya vivo en la mejor de las series, mi vida en sí es una película y encima soy la protagonista como para perder el tiempo viendo otros protagonismos ficticios. Pero quizás animada por ver la serie en la que por unos segundos aparecía, o por el anhelo de ver a mi maestra y esa ‘wonderland’ que es Amritapuri, la vi. Y lo que he visto me ha gustado, mejor aún me ha impresionado.

Amritapuri, India

Más allá del impecable trabajo de los actores, de la puesta en escena, del montaje exquisito o de la banda sonora excepcional, la serie en sí nos habla de uno de los temas raíz que conforman nuestra existencia, que es la relación con nuestra madre. Esa relación que según la vivamos va afectando el mundo en el que nos iremos moviendo de adultos, la mayor o menor herida que hemos de sanar con el transcurrir de los años una vez dejemos la niñez y su secuela, la adolescencia. Y nos lleva por lo menos a mí, a tomar consciencia de que mi madre. así como yo, y todos, compartimos esa misma humanidad, y todo el pack que viene asociado con ella. Que el ser madre no exime para nada, a esas mujeres campeonas de cometer errores, que el amor, ese gran desconocido que todos pretendemos conocer, ha sido también quizás también una carencia en sus vidas y que ellas han intentado dentro de sus medios y sus límites hacerlo lo mejor posible. Por favor, que nadie malinterprete lo que digo, no hago justicia de las injusticias cometidas por ellas, sino que veo que en este teatro llamado vida, ellas como todos y todas somos tanto victimas como culpables. Mejor aún, no hay víctimas ni culpables, tan solo personas con el mismo anhelo de vivir, experimentar y ser felices, pero que hemos de ir haciéndolo con todos los impedimentos que se nos han dado de origen, con todo aquello con lo que hemos ido conformando nuestro caminar y con nuestra propia naturaleza e inclinaciones particulares.

Mi madre y yo en la Vera

Mientras veía la serie, veía a mi madre a mi lado, y me sentía afortunada del maravilloso ser que tengo conmigo, reconocía en su hermoso rostro maduro, la misma esencia que corre por mi ser, y sentía respeto por su camino andado, su particular peregrinaje, ese viaje que es la vida y que todos vamos atravesando muchas veces sin saber a que destino hemos de llegar. Reflexionaba en la fragilidad de la niñez, en su inocencia y en su pureza. En la oportunidad de oro que tenemos los adultos de enseñar a esa sabia joven a ser fuerte, amorosa, consciente y a no perder su pureza. Y reflexionaba en la fragilidad nuestra, en la oportunidad única que nos ofrece la vida, de encontrar esa misma inocencia en nosotros, a pesar de que los años han hecho mella en nuestro ánimo, a abandonar nuestras corazas, a desmantelar nuestras tácticas manidas que nos hacen pretender entender y afrontar la vida, para vivirnos desde una fortaleza que no se basa en lo duros que nos hemos hecho por los vaivenes de la existencia, sino más bien en un perdón real, a nosotros y aquellos que han ido pasando por nuestro camino, para poder sentirnos libres de culpas y castigos, de abrazar con el pensamiento y el corazón a esa niña o ese niño que nunca hemos dejado de ser, tomando consciencia de ese poder que en nuestro interior habita y poder andar con soltura, sin riesgo a equivocarnos, amándonos y amando.

No es fácil este viaje que es la vida, pero no deja de ser maravillosa y hermosa, a pesar de las dificultades que se presentan o del horror que por momentos aparenta. Oí decir una vez a un maestro al que amo, Mooji, que nuestras vidas están hechas a medida para nuestro despertar y aquella frase me llevo a ser consciente de nuestros caminos y de lo bellamente trazados que están y del respeto por aquello que vamos viviendo a cada momento, No hay azar ninguno en la creación, no hay nada random en la existencia, todo el sufrimiento que hoy podamos experimentar puede servir de trampolín a una mayor conciencia, a una mayor lucidez. Una madre conflictiva, una niñez sórdida puede encerrar una enseñanza que nos hará libres, una vida difícil, nos puede llevar a apreciar la vida de una manera que nos es insospechada. Solo deseo de corazón que sea cual sea la situación por la que hayas vivido o por la que estés viviendo, que tengas el discernimiento suficiente de poder sacar el mayor provecho para tu evolución y que puedas hallar amor en todo momento de tu recorrido

«Om Lokah Samastah Sukhino Bhavantu»

Reunión Equipo India

Este verano nos fuimos de viaje al norte de India y a Nepal. Fueron cinco semanas intensas, recorriendo los lugares más emblemáticos para el Budismo. El grupo estaba formado por 7 personas, incluyéndome a mí, seis mujeres y un hombre, casi todos vecinos de los pueblos de la sierra norte de Madrid. En su mayoría, meditadores, profesores de yoga, meditación, primaria y secundaria.

Primera foto de grupo en el barrio de Majnu Ka Tilla – Delhi

Desde un inicio se planteó un viaje espiritual, había ganas de viajar no sólo hacia el exterior sino también hacia el interior. Con prácticas diarias de yoga y de meditación. Nuestro viaje empezó en Delhi y de allí nos fuimos moviendo por Varanasi, Sarnath, Bodhgaya, Gorakhpur, Pokhara, Katmandú, Dharamsala y Rishikesh. Cinco semanas de convivencia continua, planeando el viaje entre todos, con la libertad de movimiento que da el tener tanto tiempo y las ganas de ir conociendo el terreno. Fuimos ganando en confianza y en experiencia, en seguridad y determinación, y los siete a nuestra manera nos fuimos transformando a mejor, a medida que el escenario iba cambiando, que los días iban pasando.

Ayer me reunía con todos ellos, después de casi un mes de yo haber llegado de India. Vernos otra vez fue un subidón, reímos recordando con la distancia no solo los momentos divertidos, también los difíciles fueron recordados con alegría. El plan fue quedar antes para el aperitivo en el pueblo el Boalo y después todos juntos ir a casa de Azucena, donde llevamos cada uno algún plato que había preparado para la ocasión. Como casi siempre había comida en abundancia, como abundante era el cariño y el afecto que se sentía y se respiraba en todo momento.

Vanesa nos envió unas preguntas relacionadas con el viaje, como manera de poder darme un feedback y a modo de poner en palabras la experiencia del viaje, una vez que el tiempo ya había pasado y la rutina había hecho una vez más su presencia. Las respuestas de todo el equipo fueron maravillosas. Me quedé sorprendida y entusiasmada con lo que iba oyendo. No solo habían ganado en seguridad, y confianza en la vida, se hablaba de amor, magia y ganas de seguir viajando y emprendiendo nuevas aventuras. El cambio era visible y me hizo constatar una vez más que los viajes de este calibre no solo nos llevan a descubrir nuevos países y culturas, sino también a ir descubriendo en nosotros profundidades que no éramos capaces de imaginar, a un crecimiento que va en paralelo a los kilómetros que se van recorriendo y que el cambio es perdurable aún después de haber regresado ya hace tiempo del viaje.

El equipo al completo después del reencuentro.

Me siento enormemente agradecida, porque el cambio y la evolución no sólo es para aquellas personas que acompaño sino también en gran medida para mí misma. Así que con muchas ganas de seguir acompañando a futuros aventureros del mundo y del espíritu, a seguir trascendiendo fronteras físicas y mentales. A seguir viajando. A seguir amando en definitiva.