La Mesías

Este verano he estado en el ashram de mi maestra, Amma, y casualidades de la vida, estaban grabando escenas del último capítulo de la serie, La Mesías. Por una más de esas ‘causalidades’ uno de los Javis (los directores) me preguntó si quería aparecer en una de las escenas. La escena fueron unos minutos hablando y riéndome con el prota, indicaciones del director. Los minutos se tradujeron en 2 segundos en la serie, fue muy divertido. Pero allí quedó todo el asunto hasta que meses más tarde y gracias a gente dispar que no tenía relación ninguna las unas con las otras, me llegó el vídeo, donde pude verme en la pantalla del móvil. Eso picó mi curiosidad y nos lanzamos mi madre y yo, gracias a una publicidad que nos ha permitido disfrutar de movistar plus gratis por una semana, a visionar esta serie. ¡¡Y qué serie!!

Ha sido un viaje interno día tras día, capítulo tras capítulo a reflexionar sobre mi propia relación con mi madre, mi niñez, la humanidad, y todo aquello que va conformando y nos va condicionando desde nuestra infancia hasta que somos adultos. Hay escenas muy duras, que nos gritan a meditar sobre la sordidez de la vida y las heridas que vamos arrastrando. No suelo ver series, si he de ser honesta, mis horas las llenó de otras cosas, medio en broma medio en serio, digo que ya vivo en la mejor de las series, mi vida en sí es una película y encima soy la protagonista como para perder el tiempo viendo otros protagonismos ficticios. Pero quizás animada por ver la serie en la que por unos segundos aparecía, o por el anhelo de ver a mi maestra y esa ‘wonderland’ que es Amritapuri, la vi. Y lo que he visto me ha gustado, mejor aún me ha impresionado.

Amritapuri, India

Más allá del impecable trabajo de los actores, de la puesta en escena, del montaje exquisito o de la banda sonora excepcional, la serie en sí nos habla de uno de los temas raíz que conforman nuestra existencia, que es la relación con nuestra madre. Esa relación que según la vivamos va afectando el mundo en el que nos iremos moviendo de adultos, la mayor o menor herida que hemos de sanar con el transcurrir de los años una vez dejemos la niñez y su secuela, la adolescencia. Y nos lleva por lo menos a mí, a tomar consciencia de que mi madre. así como yo, y todos, compartimos esa misma humanidad, y todo el pack que viene asociado con ella. Que el ser madre no exime para nada, a esas mujeres campeonas de cometer errores, que el amor, ese gran desconocido que todos pretendemos conocer, ha sido también quizás también una carencia en sus vidas y que ellas han intentado dentro de sus medios y sus límites hacerlo lo mejor posible. Por favor, que nadie malinterprete lo que digo, no hago justicia de las injusticias cometidas por ellas, sino que veo que en este teatro llamado vida, ellas como todos y todas somos tanto victimas como culpables. Mejor aún, no hay víctimas ni culpables, tan solo personas con el mismo anhelo de vivir, experimentar y ser felices, pero que hemos de ir haciéndolo con todos los impedimentos que se nos han dado de origen, con todo aquello con lo que hemos ido conformando nuestro caminar y con nuestra propia naturaleza e inclinaciones particulares.

Mi madre y yo en la Vera

Mientras veía la serie, veía a mi madre a mi lado, y me sentía afortunada del maravilloso ser que tengo conmigo, reconocía en su hermoso rostro maduro, la misma esencia que corre por mi ser, y sentía respeto por su camino andado, su particular peregrinaje, ese viaje que es la vida y que todos vamos atravesando muchas veces sin saber a que destino hemos de llegar. Reflexionaba en la fragilidad de la niñez, en su inocencia y en su pureza. En la oportunidad de oro que tenemos los adultos de enseñar a esa sabia joven a ser fuerte, amorosa, consciente y a no perder su pureza. Y reflexionaba en la fragilidad nuestra, en la oportunidad única que nos ofrece la vida, de encontrar esa misma inocencia en nosotros, a pesar de que los años han hecho mella en nuestro ánimo, a abandonar nuestras corazas, a desmantelar nuestras tácticas manidas que nos hacen pretender entender y afrontar la vida, para vivirnos desde una fortaleza que no se basa en lo duros que nos hemos hecho por los vaivenes de la existencia, sino más bien en un perdón real, a nosotros y aquellos que han ido pasando por nuestro camino, para poder sentirnos libres de culpas y castigos, de abrazar con el pensamiento y el corazón a esa niña o ese niño que nunca hemos dejado de ser, tomando consciencia de ese poder que en nuestro interior habita y poder andar con soltura, sin riesgo a equivocarnos, amándonos y amando.

No es fácil este viaje que es la vida, pero no deja de ser maravillosa y hermosa, a pesar de las dificultades que se presentan o del horror que por momentos aparenta. Oí decir una vez a un maestro al que amo, Mooji, que nuestras vidas están hechas a medida para nuestro despertar y aquella frase me llevo a ser consciente de nuestros caminos y de lo bellamente trazados que están y del respeto por aquello que vamos viviendo a cada momento, No hay azar ninguno en la creación, no hay nada random en la existencia, todo el sufrimiento que hoy podamos experimentar puede servir de trampolín a una mayor conciencia, a una mayor lucidez. Una madre conflictiva, una niñez sórdida puede encerrar una enseñanza que nos hará libres, una vida difícil, nos puede llevar a apreciar la vida de una manera que nos es insospechada. Solo deseo de corazón que sea cual sea la situación por la que hayas vivido o por la que estés viviendo, que tengas el discernimiento suficiente de poder sacar el mayor provecho para tu evolución y que puedas hallar amor en todo momento de tu recorrido

«Om Lokah Samastah Sukhino Bhavantu»

2 comentarios en “La Mesías

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